sábado, 13 de septiembre de 2008

Conóceme XXXVII

A

l despertar, me sentí raro, me explico, simplemente parecía que habían hervido agua dentro de mi cabeza y, que mil pájaros carpinteros repiqueteaban dentro de ella, pero decidí hablar con Alfonso para que me diera explicaciones. Era la hora de saber la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, pero claro no estaba en un juicio ni mucho menos, pero un amigo mío me la había jugado y yo sin darme cuenta, tendría que hablar con él y que me diera explicaciones, pero de las de verdad, no simples evasivas como hasta ahora. Así que me encaminé hacia casa de los Colom, sabía que tenía que hacerme pasar por Hitler, si que bien pensaba, pero lo hacía como buena fe.

Llegando a casa de Alfonso, lo único que pude visualizar fue una ambulancia que subía un cuerpo viejo y débil, donde la juventud dio parte o terreno a una vejez desafortunada. Miré alrededor pero no vi a nadie conocido, pero de pronto noté como tocaban el hombro en señal de aviso, enseguida me giré. Era Alfonso con la niña en brazos.

-Armando ¿para qué has venido hoy?

-Necesitaba explicaciones… pero creo que es un mal día hoy, bueno igual hay una en la cual me puedes ayudar ¿tu padre que tenía Alzheimer o demencia senil?

-Demencia senil, pero como no sabía si lo entenderías…- Rosa estaba en los brazos toqueteando la cara a su padre, eso me marcó porque la niña, cambiaba dentro del marco de Alfonso, lo hacía parecer más fuerte- si vienes para preguntarme por Blanca, haces mal, porque no estoy para aguantar rollos de pareja o prototipo de… ya me entiendes.

Asentí, no pude decir nada más que quedarme en silencio.

-¿Qué le pasó a tu padre?

-Estaba débil y esta mañana lo he encontrado postrado en la cama, como nunca lo había visto, le he traído a mi hija y él lo único que ha hecho es vomitar y vomitar dejando la cama hecha unos zorros, después no se podía mover y enseguida llamé a urgencias, si te digo la verdad me alegro que estés aquí.

-¿Por qué te alegras? ¿Para poderte reír más de mí?

-Armando lo hemos hecho por tu bien

-¿Qué bien ni que ocho cuartos? Todo el mundo sabía muchas cosas y os estáis riendo de mí como queréis- estaba furioso y lo cierto es, que me daba igual que el padre de Alfonso estuviera en una camilla esperando a su hijo para ir hacia el hospital, yo quería respuestas y las quería ya.

-Mira Armando, nadie se reía de ti, simplemente era para que cambiaras, para que te volvieras más humano, ha funcionado, porque hemos cambiado todos, gracias a esta “fechoría que te hemos hecho”, todos hemos cambiado para bien. Pero me demuestras que no mucho, porque ahora te plantas aquí, donde mi padre se está muriendo a preguntarme cosas sobre ti.

Tenía razón, solo había una cosa en el mundo que me preocupara y esa demostraba que tan solo era yo, no me sentía orgulloso de nada pero tenía que tener en cuenta las cosas que vendrían a partir de ahora.

-Alfonso- él me miró y enseguida asintió- ¿puedo venir contigo para acompañar a tu padre? me siento un cerdo. Aparte así si se despierta verá a Hitler al lado de su cama- me sonrío y me abrazó dejando a Rosa entre nuestros dos pechos, al darse cuenta la volvió a dejar en su cochecito y me volvió a abrazar, pero esta vez más fuertemente e incluso llorando.

Después de este abrazo, me cogió del hombro y me arrastró para que fuéramos directos al coche, mientras me arrastraba a mí con la derecha, con la izquierda llevaba a Rosa dentro de su cochecito, hasta que nos acercó a los dos enfrente de su coche, un monovolumen que se tuvo que comprar desde que sabían que tendrían un hijo, era el coche que solía llevar Anna, pero como íbamos con la niña, pos ala, el monovolumen.

Dentro de ese huevo, como los llamo yo, no había música buena, solo había música clásica, tampoco quise poner nada estridente pues, tan solo íbamos al hospital, teníamos que ir relajados, los tres, pero Alfonso estaba más bien tirando a nervioso.

-Armando, por favor ayúdame, que me he quedado enganchado- me dijo mientras tenía la cabeza debajo de la sillita de la niña- que me está empezando a doler la cabeza, tanto que noto como va rotando.

-En otras circunstancias te preguntaría como te has metido allí, de ese modo, pero ahora mejor dejo comentarios aparte, porque los nervios.

-¿Qué nervios? ¿Tú tienes nervios?- me dijo cuando sacaba espuma por la boca y tenía los ojos rojos.

-No, pero por lo que veo tu tampoco, es una buena señal esto… ¿no será mejor si pillamos un taxi? Lo pago yo.

-Creo que será lo mejor, busca un taxi que no lo lleve un hombre muy grande- me dijo con una señal que quería decir obeso- que estos desprenden dos olores muy malos. Uno a sudor rancio y el otro a puro barato.- Asentí y pillé el primer taxi que vi, no me fijé en el conductor, pero Alfonso sí- ¿Ves? Esto te pasa por no mirar antes.

El conductor del taxi, se lo quedó mirando, como si no supiera lo que estaba pasando, era bastante corpulento y olía que alimentaba.

-¿Os llevo?- preguntó consternado.

-No, es que mi amigo quería saber la hora, pues claro que nos lleva ¿qué remedio?

El conductor me miró y me hizo una señal que daba a entender que a Alfonso le faltaba un tornillo, entonces no tuve más remedio que responderle.

-Llévenos rápido al hospital, porque estoy enfermo, tengo una enfermedad terminal y por eso mi hermano está tan histérico- el conductor se quedó blanco y no volvió a preguntar, ni siquiera la enfermedad.

Al llegar a Son Dureta, el hospital donde habían llevado al padre de Alfonso, el taxista me ayudó a bajar y a la hora de pagarle lo único que recibí a cambio fue un:

-No hace falta que me lo pague, no le puedo cobrar a un hombre como usted, se está muriendo y yo no haría más que aprovecharme de la situación.

Acepté y pensé, para mis adentros que, el ser malo y tramposo, tampoco es que fuera tan malo, tenía sus puntos, entre ellos el poder ayudar de vez en cuando a tus amigos cuando están en apuros

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